Muchos nos preguntan cómo llegamos a la oratoria o qué nos motivó a hablar en público. Sin embargo, para quienes vemos la palabra como un servicio, la verdadera pregunta es: ¿por qué seguimos comunicando? Responderla nos da la fuerza para superar los retos diarios y mantenernos enfocados en nuestras metas.
Hoy hablamos de cinco «tentaciones» que acechan a los profesionales de la comunicación. Son gratificación inmediata que, si no las reconocemos, pueden dañar nuestro futuro como trampas. Aquí van, junto con claves para vencerlas:
1. La vanidad: El peligro de brillar por encima de todo
Destacar y llamar la atención es natural cuando comunicamos. El problema surge cuando buscamos el aplauso a cualquier precio, incluso inventando méritos o compitiendo con otros. Ahí dejamos de servir al público para exigir que nos sirvan a nosotros. Como dijo Saint-Exupéry: “Todos los demás hombres son admiradores”. Para vencer la vanidad, debemos recordar que somos un puente para el público, no el centro del escenario.
2. La soberbia: Creernos infalibles
Equivocarnos es tan humano como brillar. Pero la soberbia nos tienta a sentirnos superiores, a rechazar críticas o a ignorar a quienes nos ayudan a crecer. En su extremo, hasta nos alegramos del fracaso ajeno para no perder protagonismo. La humildad es el antídoto: reconocer los méritos de otros, admitir un “no sé” y, como dice Martín Valverde, mantener la cabeza “a su altura exacta”.
3. La envidia: El dolor por el éxito ajeno
Cuando olvidamos nuestro propósito, aparece la envidia. Aristóteles la definió como “el dolor por la prosperidad de los otros”. Nos entristece o enoja el triunfo de colegas, pensando que nosotros lo merecemos más. Esto amarga nuestras palabras y presentaciones. Para superarla, hay que identificarla, cambiar nuestra mentalidad y aprender a celebrar los logros de los demás.
4. La éxitofilia: La obsesión por el éxito
Comunicar requiere esfuerzo, formación y tenacidad para alcanzar el éxito: esa satisfacción de lograr lo que nos proponemos. Pero la éxitofilia —término que nuestro amigo José de Jesús Campos usa para describir el deseo desmedido por lo “exitoso”— nos empuja a una carrera sin fin. Vivimos pendientes de seguidores, ingresos o asistentes, olvidando el valor real de nuestro servicio. La clave está en disfrutar cada paso y encontrar plenitud en lo que hacemos, no solo en lo que conseguimos.
5. Renunciar: La tentación de abandonar
A veces, el camino se siente eterno. La emoción inicial se desvanece, las jornadas agotan y la meta parece lejana. Entonces surge la idea de renunciar. En mi caso, se disfraza de pensamientos como “esto es imposible” o “debería dejarlo”. Para vencerla, me automotivo recordando mi “por qué”: el propósito que me mueve. Dar lo mejor en cada momento y resistir el cansancio me mantiene en pie.
Un camino de evolución
Estas tentaciones tienen un objetivo: desviarnos de nuestra misión como oradores. Reconocerlas y enfrentarlas nos permite crecer y seguir sirviendo desde la palabra. Porque al final, lo que importa no es solo cómo llegamos, sino por qué seguimos adelante.