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En el vasto arsenal de la retórica, pocas armas son tan potentes y destructivas como el binomio miedo-venganza. Este dúo no es mero accidente emocional, sino una estrategia deliberada que explota las fisuras del alma humana para moldear realidades colectivas.

Filosóficamente, el miedo actúa como catalizador primordial de la supervivencia, mientras que la venganza emerge como su eco retributivo, prometiendo restauración a través del castigo. Juntos, forman un ciclo vicioso que, en manos manipuladoras, se convierte en herramienta de control social y político. Como advertía Aristóteles en su Retórica, el pathos –la apelación emocional– puede elevar el discurso a la virtud o degradarlo a la sofistería, pero cuando se alía con el resentimiento, este binomio amenaza la paideia cívica, esa educación retórica que forja ciudadanos reflexivos.

Raíces Filosóficas: Del Miedo Primordial a la Venganza como Justicia Perversa

La filosofía occidental ha diseccionado el miedo como instinto atávico desde Hobbes hasta Nietzsche, revelando su rol en la génesis del orden social. En Leviatán (1651), Thomas Hobbes describe el estado de naturaleza como una «guerra de todos contra todos», donde el miedo a la muerte violenta impulsa la cesión de libertades al soberano. Aquí, el miedo no es patológico, sino fundacional: un pathos colectivo que legitima el poder centralizado. Sin embargo, cuando manipuladores lo invocan selectivamente –contra «el otro» interno o externo–, se pervierte en instrumento de dominación. Hobbes anticipa así la retórica del miedo: un discurso que, al exagerar amenazas, justifica la vigilancia y la exclusión.

La venganza, por su parte, irrumpe como respuesta al miedo no resuelto, un ciclo de retaliación que Nietzsche disecciona en La genealogía de la moral (1887). Para el filósofo alemán, la venganza nace del ressentiment, esa «venganza de los débiles» que invierte valores: lo que era noble (la fuerza afirmativa) se demoniza como crueldad, elevando la victimización a virtud. En manos manipuladoras, este binomio se fusiona: el miedo genera un «nosotros» aterrorizado, y la venganza ofrece catarsis, un placer hedónico dopaminérgico que adicta a la agresión. Nietzsche advierte que tales pasiones, lejos de liberar, esclavizan, convirtiendo la política en teatro de resentimientos donde el orador se erige en vengador mesiánico.

Michel Foucault, en Vigilar y castigar (1975), profundiza esta dialéctica al analizar el discurso como dispositivo de poder. El miedo no es solo emoción, sino «régimen de verdad» que produce cuerpos dóciles: la venganza, entonces, opera como panóptico retórico, donde el castigo prometido (o infligido verbalmente) normaliza el control. En contextos posmodernos, este binomio se amplifica por la «sociedad del miedo» (Zygmunt Bauman, 2006), donde la incertidumbre económica y migratoria se explota para erosionar la deliberación racional. Filosóficamente, el peligro radica en su teleología perversa: el miedo justifica la venganza como «justicia restaurativa», pero en realidad perpetúa ciclos de violencia, socavando el telos ético de la comunidad.

La Dimensión Retórica: Pathos Oscuro y la Manipulación del Logos

Desde la Retórica aristotélica, el pathos es el motor de la persuasión, pero su alianza con la venganza lo degrada a dark rhetoric –esa «retórica oscura» que Jason Stanley describe como eufemismos para la exclusión (2018). Aristóteles distinguía entre pathos ético (que moviliza hacia el bien común) y manipulador (que ignora el logos), pero en la oratoria política, el binomio prolifera mediante topoi como «el enemigo interno» o «la traición histórica». Cicerón, en De Oratore, alertaba contra el orador que «enardece el corazón» sin virtud, un eco de Quintiliano: el vir bonus dicendi peritus debe rechazar la venganza como falacia teleológica, donde el fin (purga) justifica medios inmorales.

En la era digital, este binomio se viraliza: algoritmos priorizan contenidos de alto pathos (miedo a la «invasión migratoria», venganza contra «élites corruptas»), creando burbujas de resentimiento. Un estudio psicolingüístico sobre discursos electorales revela cómo el miedo induce sesgos de confirmación, haciendo que la venganza parezca racional. La inventio se pervierte: en lugar de lugares comunes universales (justicia, equidad), se recurre a falacias ad hominem, donde el adversario es demonizado para catalizar retaliación. Como señala un análisis de la retórica populista, el resentimiento se manipula para dirigir ira contra chivos expiatorios, satisfaciendo un «placer de la agresión» que adicta a las masas.

Ejemplos Contemporáneos: El Binomio en Acción (2024-2025)

La política reciente ilustra este peligro con crudeza.

En España, el presidente Pedro Sánchez ha invocado el espectro del franquismo para alertar sobre la extrema derecha, fusionando miedo a un retroceso autoritario con un llamado implícito a la vigilancia y la acción progresista como forma de «venganza» histórica. En enero de 2025, durante los actos por el 50 aniversario de la muerte de Franco, Sánchez advirtió que olvidar los «años oscuros del franquismo» podría permitir su repetición, instilando temor a que fuerzas reaccionarias –como Vox– revivan patrones de represión y polarización, y urgiendo a los demócratas a no bajar la guardia para evitar que «ese terror se repita».

En Estados Unidos, el expresidente Donald Trump ha elevado la retórica de venganza a doctrina: en su discurso de CPAC (febrero 2024), prometió «mi venganza última y absoluta» contra rivales, fusionando miedo a «inmigrantes criminales» con promesas de purga. Un análisis de nueve años de sus intervenciones revela un aumento exponencial en lenguaje violento –de amenazas implícitas a llamadas explícitas a la retaliación–, superando umbrales democráticos. En Madison Square Garden (octubre 2024), Trump invocó miedo apocalíptico («EE.UU. es un infierno»), prometiendo venganza contra «traidores», un pathos que, según expertos, erosiona la cohesión social.

En redes como X, este patrón se microamplifica. Un hilo de octubre 2025 analiza el «hedonic reward» de la venganza política: la dopamina liberada por tuits retaliatorios crea adicción, similar a comportamientos agresivos offline. Otro post critica cómo el miedo a deportaciones genera pánico en comunidades, alimentando ciclos de resentimiento. Globalmente, en Chipre (2025), retóricas nacionalistas extinguen ideas federales por «terror» a la autonomía kurda, hipócritamente apoyando divisiones étnicas. Estos ejemplos confirman la tesis de Stanley: el miedo-venganza no persuade; coloniza el discurso público.

Implicaciones para la Oratoria: Desarmar el Binomio con Ética y Creatividad

Para la web de oratoria, el desafío es pedagógico: cómo formar oradores que naveguen esta triada dialéctica –del pathos intuitivo a la síntesis artística– sin sucumbir al manipulador. Siguiendo el modelo triádico, proponemos ejercicios: en la dimensión proto-retórica, identificar miedos personales mediante narrativas vulnerables (alquimia emocional); en la retórica técnica, desmontar discursos con Toulmin (¿qué garantía respalda la «venganza justificada»?); en la artístico-científica, reencuadrar con metáforas habermasianas de diálogo, transformando venganza en reconciliación.

La oratoria ética, como propone Foss (2009), invita al entendimiento mutuo, contrarrestando el binomio con ethos auténtico y logos inclusivo. En aulas o foros, practique: analice un tuit vengativo, reescriba apelando a esperanza (Machiavelli sobre speranza como antídoto al miedo). Así, la retórica se convierte en faro: no arma de sofistas, sino puente hacia sociedades justas.

Conclusión: Hacia una Retórica de la Esperanza Transformadora

El binomio miedo-venganza, en manos manipuladoras, no solo envenena el discurso; fractura el tejido humano, como advierte Burke en su «gramática de motivos» (1945). Pero la filosofía y la retórica nos legan herramientas para la resistencia: del ressentiment nietzscheano al pathos aristotélico equilibrado, pasando por la deconstrucción foucaultiana. En 2025, ante populismos algorítmicos, la oratoria debe reclamar su telos ético: persuadir no para vengar, sino para emancipar.

Que este binomio nos impulse no al abismo, sino a la phronesis colectiva. Como oradores, elijamos la palabra que cura, no la que hiere. En las palabras de Mandela: «La venganza solo envenena al alma del vengador». Persuadamos con luz, no con sombras.

Referencias

  • Aristóteles. (1998). Retórica. Gredos.
  • Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. Siglo XXI.
  • Hobbes, T. (1651). Leviatán.
  • Nietzsche, F. (1887). La genealogía de la moral. Alianza.
  • Stanley, J. (2018). How Fascism Works. Random House.