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Nos han repetido hasta el cansancio que somos «polvo de estrellas». Y sí, suena poético, lejano y tremendamente cósmico. Es una idea bella, pero a menudo nos olvidamos de que nuestra verdadera esencia es más terrenal, más humana y profundamente íntima. No estamos hechos solo de materia cósmica, sino de voces. Somos, fundamentalmente, el eco de las palabras que hemos recibido.

Detente un momento y piensa: ¿Quién eres tú, sino la suma de todo lo que te han dicho?

Eres el «Mi’jo, cuídese mucho» de tu madre gritado desde la puerta de una casa de Barinas mientras el sol del mediodía calienta el cemento. Eres el «¡me desentero!» de un amigo, dado en un momento de duda, quizás antes de un partido en el polideportivo de Sevilla. Eres el consejo sabio y pausado de un abuelo, contando historias de la Venezuela profunda —de hatos y leyendas llaneras— frente a una taza de café recién colado en un patio de Guanare.

Eres la letra de aquella canción que resonó en la radio vieja del carro y te marcó el alma para siempre. Eres la frase cariñosa de tu tía, dicha en un paseo entre el murmullo de la gente y el olor a fresco. Eres el «Buenos días le dé Dios» del vecino al amanecer.

Todas esas palabras, grandes y pequeñas, no se las llevó el viento. No. Se quedaron a vivir en nosotros. Se anidaron en la memoria y se convirtieron en los ladrillos con los que construimos nuestra identidad. Nos animaron, nos hicieron reír, a veces nos cortaron como un filo, pero todas, absolutamente todas, dejaron su huella indeleble. Somos el archivo viviente de cada conversación, de cada chiste en la esquina, de cada «te quiero» susurrado y de cada regaño necesario que, visto con los años, resultó ser un acto de amor.

Y he aquí la parte crucial, el giro que lo cambia todo: ese mismo poder que moldearon en nosotros, ahora reside en la punta de nuestra lengua.

Porque lo que decimos de los demás, vive en ellos. Nosotros somos ahora quienes damos el «cuídese», quienes damos el ánimo, quienes tejemos las anécdotas que algún día serán los recuerdos más preciados de otra persona.

Una palabra de aliento a un joven que monta su primer negocio en el centro de Barinas puede ser la chispa que le devuelva la fe. Un halago sincero a la señora que vende arepas en el mercado «Los Kioscos» de Guanare puede iluminarle el día entero. La historia que contamos sobre un amigo, la manera en que hablamos de él en la tienda o en la plaza, se convertirá en la leyenda por la que otros lo recordarán.

Hablamos, luego existimos.

Existimos no solo porque respiramos el aire caliente del llano o porque caminamos por estas calles llenas de historia, sino porque nuestras palabras nos dan vida mutuamente. Le dan sentido a nuestra comunidad. Son el hilo invisible que teje la red que conecta a la familia en la calle Carabobo de Sevilla, a los compañeros de trabajo en una oficina de Barinas y a los feligreses que salen de la Basílica de Guanare. Somos seres narradores; hacemos que las cosas sucedan, que los lazos se fortalezcan y que las tradiciones perduren, simplemente cuando las nombramos.

Así que la próxima vez que hables, recuerda el poder colossal que llevas dentro. Eres el eco fiel de las voces que amaste y, ahora, serás la voz que otros lleven consigo como un talismán. Hablemos para existir, existamos para honrar ese eco.

Hagamos que nuestro eco, en estas tierras de sol ardiente y gente de corazón cálido, sea uno que valga la pena recordar. Uno que construya, que una y que cante la belleza de ser de Sevilla, de Guanare, de Barinas… de la palabra como fuente creadora.